Cuarto Menguante

Cuarto Menguante

La Luna en Cuarto Menguante cuelga del cielo rodeada de estrellas en esta cálida y hermosa noche de verano. La espuma que provocan las olas al romper en la costa baña la arena y se retira de nuevo hacia el mar, iluminado por la suave luz del único satélite natural de nuestro planeta.

Las olas vuelven a romper, pero esta vez mojan un par de pies que caminan descalzos sobre la arena húmeda. Los pies pertenecen a una PAREJA. Caminan hombro con hombro, cerca el uno del otro, pero sin tocarse. A ella todavía le duele el estómago, ese cosquilleo que algunos llaman mariposas; aunque él no es exactamente su tipo, lo encuentra casi irresistible. Quizá por su sentido del humor, su inteligencia, su rapidez mental o simplemente porque la escuchó hablar durante horas, de verdad la escuchó. Por primera vez en mucho tiempo, siente que alguien le presta atención no por su físico.

A él todavía no se le han pasado los nervios. Ella es realmente guapa: pelo castaño, ojos color miel que bajo la luz de la luna brillan aún más. Nunca en su vida había salido con una tía así. No solo es preciosa —demasiado para él—, sino que además es simpática, tiene gracia, comparten gustos y, lo más importante, está interesada en él.

Una ola rompe un poco más cerca, salpicándoles y provocando que ella se incline hacia él. Por primera vez, sus cuerpos se rozan y algo mágico ocurre. Se quedan mirándose a los ojos, pegados el uno al otro, incapaces de separarse. La respiración y los latidos se aceleran; él siente que el pecho le va a estallar, ella nota el corazón a mil por hora. Sus labios se juntan y ya no hay vuelta atrás. Las lenguas se enredan con la intensidad de un primer beso, ese beso deseado y esperado. Las manos de ambos recorren el cuerpo del otro: él agarra sus firmes nalgas, que forman un culo de escándalo; ella le acaricia la espalda. Y, antes de darse cuenta, la ropa empieza a volar con la desesperación de un náufrago buscando agua.

En un abrir y cerrar de ojos, los dos están desnudos. Él se agarra a sus preciosas tetas, las besa y las toca con desesperación, pero también con suavidad y cariño. Ella le acaricia la nuca y lo empuja a levantarse. Le besa de nuevo la boca y se arrodilla, quedando su cara a la altura de su robusta y contundente masculinidad...

Lo agarra con sus manos, lo acaricia y empieza a besarlo, recorriéndolo con sus labios y su lengua. Él la mira sin creerse lo que está viviendo; ella le devuelve la mirada, clavándose mutuamente los ojos. Ella abre la boca y lo introduce todo dentro, provocándole pequeñas arcadas, pero sigue sin parar...

Tras unos segundos, se levanta, lo mira fijamente, le apoya las manos en el pecho y lo empuja. Él cae sobre la arena y ella se monta encima. Le agarra la polla y, poco a poco, empieza a metérsela hasta que está todo dentro. Se arquea de placer, le clava las uñas en el pecho y empieza a moverse frenéticamente, como si algo la empujara, con una desesperación ardiente...

Las manos de él en sus nalgas acompañan cada movimiento hasta que los dos estallan en un gemido de placer, fundiéndose al mismo tiempo.

Ella se deja caer sobre él, lo besa, lo acaricia bajo la Luna Menguante, justo cuando otra ola los baña. Pero ya da igual. No les importa nada. Solo existen ellos dos.

 

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