La Botellita

La Botellita

Me dijo que así, quizá, podríamos hacer que funcionara. No follábamos desde hacía dos meses.

Nos sentamos con una botella de ron a jugar a Verdad-Consecuencia, como dos críos.

En la primera verdad, él dijo que quería vestirse de tía.
En la primera verdad, yo dije que quería follar con una tía.
—Vaya vaya —respondió, y se tomó un trago.

Fue al armario y sacó una peluca del cotillón de una boda cutre a la que habíamos ido el sábado anterior. Apuró el vaso y me agarró la mano. Empezamos a bailar.

Era viernes, pero no sentía el cansancio de la semana de mierda. Ahí, desnuda, en el piso interior que, con las luces encendidas, sería el espectáculo del barrio.

Los dos bebíamos rápido, esperando que uno diera el paso. Yo sabía que él esperaba mi iniciativa —siempre es así. Lo llevé hasta la cama, me tumbé, me metí el pulgar en la boca y con la otra mano empecé a tocarme. Él se quedó de pie, vestido, mirando la escena mientras se pajeba.

Se tumbó a mi lado, empezó a tocarme las tetas mientras me veía hacerme la paja. Estaba de costado, apoyado en un brazo, y con la mano libre dibujaba el símbolo del infinito en mis pezones. Me metió los dedos en la boca y se unió a la paja. Cuando me sintió bien empapada, me dio la vuelta. Quedamos en cucharita, sentí su polla caliente buscando el agujero. Me empujó por el cuello para que me doblara un poco y entrara sin usar las manos. Metió con fuerza desde el primer empujón y me atrajo hacia su cuerpo tirándome del pelo. Le gusta follarme fuerte. A mí me gusta que le guste.

Cerré los ojos. Nunca follo con él cuando follamos. Follo con el que me folló ayer, o anteayer, o el año pasado, o el que nunca me ha follado y no puedo dejar de pensar en lo mucho que quiero que lo haga. Y ahí, mientras repasaba mentalmente pollas al azar, me vi.

Me imaginé con cadenas, correas, cuero, en medio de un mar de tíos follándose entre ellos y yo agarrando a uno por la espalda, rompiéndole el culo con mi cinturón. Yo haciéndole un agujero en su cuerpo y en su cerebro. Y mi cerebro, que ahora, en mi cama, ya era otra cama. La cama del día siguiente, la cama del año que viene. O la cama que reprima para siempre. Yo follándomelo todo, follando poderosa, penetrando, penetradora. Yo y todos los agujeros del mundo para mí. Y así, mientras él me perforaba, acabé.

Acabé como Judas, con un beso falso, y salí al balcón, necesitando fumar un cigarro desnuda para todo el vecindario.

O solo para él. Nunca sé muy bien qué es lo que quiero.

—Quiero romperte el culo algún día —solté.

Él se llevó las manos a la frente y, sonriendo, se apartó los rulos hacia atrás, como hace cuando ve un partido del Vélez y van perdiendo.

—Yo no te puedo culear, ¿y tú me quieres romper el culo a mí? —respondió.

—¿Y por qué no? ¿Tú quieres?

Se quedó callado y alargó la mano hacia el mechero. Como en una película, encendió el cigarrillo y dio una calada profunda, generando suspense.

—Yo quiero hacerte feliz —dijo en un tono más bajo.

—Lo tomo como un sí —respondí, más dura.

Al día siguiente, entré en un sex shop cerca del trabajo y pedí un arnés. Lo dije rápido y así: "Busco un arnés con correa". La chica de la caja, que tenía una ceja llena de piercings y leía un cómic de anime, levantó la vista.

Me mostró dos opciones. Me llevé la más cara porque me dijo que el material era mejor y más fácil de poner y quitar.

Llegué a casa y me lo probé: primero con la ropa puesta, luego en ropa interior y finalmente desnuda. La primera reacción fue tocarme la polla de goma y mirarme al espejo, simulando una paja. A veces me gusta ser hombre.

Dejé el gel en la mesilla y, al acostarnos después de cenar, le dije:

—Lo tengo.

—¿El qué?

—Mi polla.

Empezó a decir que no, riéndose. Que lo había entendido mal, que estaba loca. Le propuse presentársela.

—¿A quién? —preguntó.

—A mi polla —respondí.

Siguió apartándose el pelo hacia atrás hasta que cedió.

—Vale, tráela.

La sacó de la caja con cara de asco, como si levantara un racimo de uvas podridas. Nervioso, me pidió que me la pusiera.

—¿Para qué quieres dos? —pregunté, y me puso a cuatro patas. No me negué. Lo escuché buscar el gel, abrir la tapa y escupirme frío en el culo. Empezó a hurgar con un dedo en el borde y, cuando lo metió, giré para mirarlo.

—Primero yo —dijo.

Le puse la mano en la ingle, marcando que fuera despacio, y empezó a entrar. Era raro que me estuviera metiendo una polla de goma cuando la suya, dura, quedaba aplastada entre las correas de cuero. Fue entrando y yo abriéndome. Me puso una mano en la cintura y empujó hacia abajo hasta que apoyé la cabeza en el colchón. Una vez que me tuvo así, sacó mi polla y liberó la suya para metérmela. Soltó una risa al acabar que nunca le había oído.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Estás enfadada?

—Me cambiaste las reglas —respondí, con rabia.

—Te primereé.

—Déjame, entonces.

—¿De verdad quieres probar?

—Sí.

Me abrazó. Estuvimos unos minutos, yo en su pecho, su barbilla en mi frente, su respiración aún agitada. Me acarició el pelo. Un beso. Otro más largo, con lengua. La lengua más dura, más adentro de mi boca. Sus manos en mi culo, las mías en el suyo. Los dos de rodillas en la cama. Una mano adelante, mi mano en su polla. Una mano en mi mandíbula, apretando fuerte. Mi codo empujando, separándonos. Su cuerpo viniendo contra el mío, forcejeando entre besos. Dos cuerpos en la cama, una lucha.

Su respiración acelerándose, mi gemido nuevo, los dedos rozando el cuero, alcanzándolo. Sus ojos diciendo algo que no entiendo. Su cuerpo girando, su espalda blanca, su lunar derecho. Mi mano bajando entre lumbares. El miedo metiéndose en la sombra. Su gemido contenido, ahora despierto. Mis dudas en los dedos. Sus jadeos de animal nocturno. Las argollas sonando entre las sábanas. El ruido del cierre de la hebilla. Mi mano masturbando mi espada de látex.

Yo, rompiendo todo lo que sé de mí.

Nosotros. Otros.

Regresar al blog