Lo que pasó en Las Vegas
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-¿Cómo dice el refrán? "Lo que pasa en Las Vegas…" —dijo mi amiga, sonriendo, con medio cuerpo metido en el asiento trasero de un coche donde esperaban cuatro desconocidos. El del medio la agarró de la cintura antes de que apoyara el culo en el hueco libre y la sentó directamente en su regazo. Ella sonrió; yo no, pero me subí al asiento que quedaba y arrancamos.
Estábamos de viaje en Córdoba, y los cordobeses me caían cada vez peor. El cuarteto a todo volumen, los coros en plan hinchada, la repetición insoportable de la palabra "jodido", las risotadas rematando cada comentario. Miraba por la ventana, intentando que el paisaje me transportara mentalmente a otro sitio.
De vez en cuando, notaba una mano en mi rodilla que daba unas palmaditas al ritmo de las carcajadas. Como no me resistía, la mano iba y venía cada vez con más confianza. Mi amiga empezó a darle morreos al copiloto; para hacerlo, se inclinaba entre el conductor y él, dejando su culo en primer plano para los de atrás, que ya estaban calentándose.
La mano que golpeaba mi rodilla, en una de esas risas, se quedó ahí. Lo miré; él me devolvió la sonrisa. Puse los ojos en blanco y volví la cara hacia la ventana, pero no la aparté. Empezó a subir.
Para entonces, mi amiga y su minishort ya montaban un espectáculo para el público trasero, cada vez más cachondo, mientras adelante alternaba besos con el conductor y el copiloto, que le pedían que les diera en distintos sitios: cuello, oreja, pecho. Uno dijo "ombligo", y ella soltó un "no" tajante, echándose hacia atrás para sentarse de nuevo en las piernas del que, para entonces, ya la tenía dura y me metía mano con fuerza entre las piernas.
—¡Epa! —exclamó al notar el roce y, como si le hubieran pinchado, saltó hacia el otro lado del coche, donde el más tímido la recibió con un abrazo nervioso. Los otros tres rieron. El del medio empujó su mano con más fuerza entre mis piernas y llegó. Nos miramos; él se rió, yo no.
Sonó un tema de Los Charros, y el copiloto subió el volumen. Empezaba a amanecer, y el cielo tomaba un color indefinido. A la velocidad que íbamos, entre curva y curva, apenas distinguía formas entre los árboles: casas o lugares perdidos en la nada.
Cuando mi amiga empezó a liarse con el del costado y abrió de piernas, el del medio nos tocó a las dos.
—Aquí estoy a dos manos —dijo, soltando una carcajada.
Esa frase bastó para que los de delante se sintieran excluidos de la fiesta y pararan en el arcén. El chirrido de los frenos resonó en el desierto nocturno.
Miedo. Primero, miedo. Cuatro tíos, dos chicas. Matemáticas básicas. Pero mi amiga me agarró de la mano y repitió:
—Lo que pasa en Las Vegas, tía…
No terminó la frase. El del medio le levantó la camiseta, arrastrando el sujetador. Vi sus tetas, con la marca del biquini, solo un segundo. Dos cabezas se lanzaron sobre sus pezones, y en el forcejeo le hicieron golpear la cabeza contra el techo. Ella gimió, pero no por el golpe —lo entendí al ver su boca entreabierta, jadeando.
Oí pasos en la gravilla, la puerta abriéndose, una mano arrancándome del asiento, empujones, respiraciones agitadas en mis oídos, mil manos reptando. Uno me dio la vuelta y me empujó contra el capó. Recordé, por un segundo, una película donde dos policías blancos manoseaban a una mujer negra en un control. Recordé la paja que me había hecho con esa escena. Abrí los ojos: estaba a cuatro patas, mirando hacia el interior del coche, y mientras me bajaban las bragas, vi a mi amiga con cara de ida, como drogada, jadeando, con el pelo tirante porque uno lo sujetaba así mientras el otro, el del medio, se la tiraba. A ese no lo veía; ella estaba encima, moviéndose arriba y abajo, piernas abiertas.
La imagen me hipnotizó. Mi amiga. Mi amiga desde primaria, follando, follada, preciosa, arrecha. Nunca la había visto así. Sí, borracha, o ligando, o tonteando. Pero tan zorra y perdida, jamás. Tampoco la había visto desnuda antes —no por ella, que no era tímida, sino por mí, que sí lo era. Y allí estaba, desnuda, preciosa, zorra, libre, elevada… y entonces me miró.
Me miró, se mordió el labio con una sonrisa fugaz y después bajó la vista con un gesto casi de dolor, sin dejar de moverse.
Liberé la mano que uno de los tíos tenía aplastada contra el capó y la metí bajo mis bragas. Allí topé con los dedos de uno de ellos —no sabía si el conductor o el copiloto—. Me tocaba con demasiada fuerza. Noté lo empapada que estaba, lo caliente. Pasé de modo sumiso a dominante con solo girarme.
Los miré.
El copiloto se estaba haciendo una paja. La polla salía de su vaquero abierto, las aletas de la nariz palpitando.
El otro, el que me tocaba, al verme girar se asustó y retrocedió unos centímetros, como esperando mi aprobación. Con un salto breve, me senté en el capó, piernas abiertas. Él cayó de rodillas en la gravilla y empezó a chupármela. El copiloto se acercó y me arrancó la camiseta. Estaba amaneciendo. Caí en la cuenta: si alguien pasaba por allí, me vería follando, desnuda, con mi amiga y cuatro tíos a plena luz del día.
Por ese pensamiento —o por las ganas de correrme— me eché hacia atrás. Acabé mirando las últimas estrellas.
Viajar siempre es una experiencia, dice mi padre.