Clases Particulares
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En casa de Carla, siempre lo mismo. Guacamole, gusanitos, el Zar o alguna banda de moda para disimular la edad que tenemos. Carne mechada, vino y las mismas parejas de siempre: Felipe —su "peor que nada", como le llama—, Chechu y el Gordo Fer, Santi y la de turno, La Turca y Esteban, Ramiro y yo.
Charlábamos de los típicos temas de cuarentones: ¿pareja abierta, sí o no?, los amigos separados enganchados al Tinder. Alguien soltó una teoría sobre la frecuencia ideal del sexo oral. El debate se zanjó cuando solté:
—"El tema no es cuánto, es que vosotros lo hacéis peor que nosotras".
—"¡Caféeeee!" —dijo Carla, sonriendo, mientras recogía las copas. La Turca y Chechu rieron y aplaudieron. Nos fuimos.
En el coche, silencio. Hasta que Ramiro soltó la pregunta:
—¿Lo hago mal?
—Lo haces peor —contesté.
Pasó un semáforo en rojo. Discutimos. Dijo que era "incomprobable, subjetivo y un montón de palabrería sociológica". Cerré el tema con una propuesta: entrar en casa y ver quién hacía acabar al otro antes.
Mientras fumaba un cigarro, acabado y derrotado, me lo soltó:
—No abramos la pareja, pero traigamos a alguien distinto cada vez. Yo miraré y tomaré notas mientras te la chupa. Clases particulares. No te la puede meter.
Nos reímos, luego discutimos, al final follamos y acepté.
Hombre 1
Estaba como el primer día de instituto. Las manos me sudaban. Me cambié y peiné veinte veces. Encendí un porro. Sonó el timbre.
Él no parecía nervioso. Ramiro lo recibió con un beso, como si se conocieran. Nos presentó y fue a por hielo. Cuando desapareció, Hombre 1 me miró las piernas. Llevaba una minifloreada. Las cerré. Me sonrió.
Ramiro entró y dijo:
—¿Os estáis poniendo en situación?
Los dos rieron. Como ríen los tíos entre ellos.
Casi no hablamos. Comentó algo del Uber y el barrio. Ramiro hizo un gesto con la cabeza hacia el dormitorio. Se levantaron. Yo tardé. Ramiro me agarró de la mano y, con otro gesto —levantando la barbilla—, me indicó que lo agarrara. Entré en la habitación de la mano de los dos. Me sentía Lolita.
Ramiro me empujó suavemente y caí en la cama boca arriba. Hombre 1 observaba, esperando órdenes.
—Yo la desnudo. Necesito que la mires bien, en detalle. Primero te la muestro, pero no la toques. Huélela, mírala de cerca. Y solo cuando sepas qué hacer, avísame para empezar. Necesito que le abras bien las piernas y me dejes sitio para ver.
—Perfecto —contestó nervioso.
Ramiro también me dio una orden:
—Si te resistes, te ato.
No respondí. Miré al techo.
Se arrodilló, me bajó la falda y las bragas, que se engancharon en una sandalia. Me abrió exageradamente desde las rodillas, haciéndome arquearme. Con los dedos me separó los labios, los estiró hacia los lados y se giró para asegurarse de que él miraba. Hombre 1 estaba un metro atrás, serio.
Se incorporaron, quedando uno al lado del otro. Ramiro bebió un trago de su vaso, lo dejó en la mesita y cogió un cuaderno.
—Empieza.
Hombre 1 se arrodilló. Repitió la apertura con sus dedos, acercó la cara y, cuando su nariz rozó mi clítoris, inspiró hondo. Oí el bolígrafo de Ramiro.
Me abrió un poco más.
—Empiezo.
Apoyó la punta de la lengua, dura, en el agujero. Me retraje. Levanté la cabeza como en un abdominal. Hombre 1 se detuvo. Ramiro anotaba. Volví a tumbarme, pensando en que tendría que aclarar algunos puntos: no me gusta la lengua ahí, en el agujero del coño, y menos de entrada. Pero estaba empapada por la situación.
Como si me leyera el pensamiento, Hombre 1 rozó el labio derecho —más grueso y oscuro— y lo siguió hasta la unión. Empecé a gemir.
Ramiro me separó la rodilla y se inclinó. Mientras sentía un hilo de saliva correr hacia el culo, Hombre 1 volvió a abrirme con ambas manos y apoyó la lengua —ancha y blanda— sobre casi todo el coño. Después, como mi gata cuando bebe agua, empezó a lamer todo lo que salía de mí. Se detuvo, me sopló y volvió, más rápido. Me contraje y acabé con los ojos cerrados.
Hombre 1 se apartó. Yo no podía mirarlos, pero sabía que estaban ahí. Sonreía, con el brazo sobre los ojos, como cuando hay mucho sol. Ramiro lo despidió.
Hombres 2 y 3
Lo hicieron mal. Ramiro anotó. Luego discutimos:
—"La pone dura de entrada. La mueve lento al final, cuando necesitas acabar. Pierde el punto".
Hombre 4
Un libro abierto. A ese le pedí permiso para besarlo. Ramiro me dejó.
Hombre 5
Quiso meter un dedo. Me negué. Se retorció. Dijo:
—"Déjame probar un poquito, nada más".
Se metió el dedo gordo en la boca, lo embadurnó de saliva y me lo metió despacio en el culo. Con el resto de la mano me levantó ligeramente. A ese le acabé dos veces seguidas.
Hombre 6
Un plomo. Una maquinita: tiki-tiki, redondito, arriba-abajo. Acabé, pero sin gracia. Cerré los ojos y pensé en la que se enrolló con los de Fórmula 1. Nunca falla.
Para el Hombre 10
Ya no había presentaciones. Yo esperaba desnuda en la cama. Ramiro los recibía.
11
Pidió follarme. Ramiro dijo que no. Siempre me follaba él después de cada hombre, acabando rápido y espeso dentro.
12 y 13
Una pareja. Y la primera mujer. Con ellos nos enrollamos los cuatro. Con ella me quiero casar. A él lo bloqueé en Instagram. No repetimos.
14
Me puso un Menthoplus. Casi me muero. Tres horas en el bidé.
15
Mujer sola. Lesbiana. Me masajeó el clítoris horas. Me sorbió toda la corrida. Se acostó a mi lado y me abrazó. Ramiro se sentó en la silla donde cuelgo la ropa y nos miró un buen rato. Anotó dos páginas.
Empecé un diario con dibujos. Pusimos un espejo. Grabamos al 16 y 17 (con consentimiento). Celebramos la corrida del 18, que después se masturbó frente a nosotros mientras follábamos.
19
Discutimos. Era un tío mayor, sabía hacerlo, pero me trató mal, me apuró, hablaba como en una porno. Se peleó con Ramiro. Me gritó "¡Puta de mierda!" al salir.
20
Ramiro dijo que era el último. Me acosté a la hora acordada. El timbre no sonaba. Me di la vuelta, me toqué un poco y me dormí.
Desperté con el roce de una cabeza entre mis piernas. Una lengua tibia abriéndose paso. Limpieza milimétrica. Nariz haciendo círculos pequeños. Manos levantándome el culo como una marioneta. Abriendo las nalgas y lamiendo de punta a punta: clítoris, uretra, coño, periné, culo. Lengua ancha, segura.
Volvió al clítoris sin dudar. Blanda, ágil, cada vez más rápida. Cuando estaba acabando, apretó mi pelvis con la palma y el orgasmo se alargó en temblores.
Supe que era él.
Empezó a hacerme una paja y, cuando estaba a punto, me la metió.
Encendí un cigarro y, exhalando, dije:
—No vino.
Desde la cama, respondió:
—Dos minutos diecisiete, mi amor. Ya aprendí.