Reconciliación

Reconciliación

El repiqueteo incesante de la lluvia azota con fuerza los cristales. Un relámpago ilumina el interior, seguido de un estruendo sordo. Afuera, la tormenta no da tregua, pero no es nada comparado con lo que ELLA lleva dentro.

Ella está derrumbada en el sofá, los ojos aún rojos, intentando controlar la respiración —y de paso, ese huracán de sentimientos que la revuelve por dentro. Se arrepiente de algunas cosas que dijo. Como siempre pasa cuando sueltas palabras calientes, sin pensar, solo para hacer daño.

Otro relámpago ilumina el SALÓN, pero esta vez ella se sobresalta, no por el trueno, sino por la silueta que distingue en mitad de la habitación…

…Es ÉL.
Está plantado ahí, quieto, mirándola. Lleva solo los calzoncillos, y a contraluz se adivina su físico trabajado. Sus ojos también están enrojecidos. Respira hondo, clavando la mirada en ella. Ella lo mira, y solo con eso, los ojos se le vuelven a llenar de lágrimas. Sus curvas sugerentes se transparentan bajo la seda fina de su camisón. Verla llorar siempre lo desarma, y esta noche no es la excepción.

Se acerca, se sienta a su lado. Ella se encoge como una niña, alejándose. Él le toca la cara, le seca las lágrimas y solo emite un sonido:
—Shhhhh…
Ella obedece. Se acercan. Y al fin, se besan.

Un beso tierno, dulce. Las palabras sobran. La ternura va cediendo paso a la pasión. Sus manos se exploran con hambre, con ganas… y algo de rabia también. Él recorre su cuello con la boca, baja hacia sus pechos, corre la tira fina del camisón y libera esos pechos hermosos que tiene. Los besa, los acaricia. Los pezones se ponen duros como piedras.

—Ahhhhh… —Ella se arquea de placer mientras él sigue descendiendo. Le besa el vientre, sigue bajando… hasta llegar a su humedad. Empieza a besarla ahí, la lengua explorando cada pliegue…

—¡Ah! —Ella se retuerce, explota, le hunde las uñas en la cabeza, en la espalda. Él la mira fijamente a los ojos. Miradas que se clavan como puñales.

Ahora él se incorpora, se planta frente a ella y se baja los calzoncillos. Tiene una erección que da miedo, dura como el mármol. Antes de que ella pueda recuperarse del orgasmo, ya la está poseyendo. Se mueve con fuerza, con ritmo rápido, con pasión… y algo de rabia contenida.

Ella le agarra las nalgas, empujándolo más dentro de sí, provocando que él embista con más brío, más salvajemente.

—¡Ahhhhh! —Estallan al mismo tiempo.

Y otra vez, se miran.

—Te amo.

 

Regresar al blog